viernes 18 de abril de 2008

De las pulsaciones de los gatillos a los cuerpos impactados




Desde la oscuridad de algún confín de España, se está cometiendo una nueva injusticia. Una masacre se lleva a cabo delante de la colina del príncipe Pío. Acto aleve al que sirve de trasfondo, la iglesia de San Bernardino. En medio de este haz de luz que nos ilumina, se retrata no solo el fatal desenlace de la vida de unos cuantos hombres, sino que a la vez, se robustece toda nuestra miseria y sevicia. Es la muerte una vez más. Gritos desgarrados, acompasados por el sonido de la carga de los arcabuces. Yo, con los brazos levantados en este momento, he sabido olvidar mi nombre. No sé si lo pueda recordar. Igualmente tampoco sé si podré recordar mi historia.

A esta altura, nuestros invasores franceses son un pueblo derruido por las ínfulas de un caudillo engrandecido ante nuestra indefensión. El valor que ahora demuestran al dispararnos, consiste en el poder de Napoleón delegado a su hermano José Bonaparte. Aquel mismo que después se habrá de llamar, José primero de España. Personaje cuyo inolvidable mote será: Pepe Botellas. Este hombre nos ha impuesto una nueva política. Nos ha inoculado un nuevo orden institucional. En últimas, nos ha asignado una nueva vida. Fuente patética de toda imposición. A nosotros, patriotas madrileños que somos los promotores de nuestra emancipación.

En este tiempo congelado, las balas aún no han llegado a mi cuerpo. Aún no han perforado ningún milímetro de mi humanidad. Sin embargo, mi angustia parece perenne. Una tortura mayor. Sobre el piso, se amontona una pila de cadáveres. Aquellos que no verán más infamias; aquellos que ni siquiera alcanzaron a observar el rostro del mal; de esos verdugos que disparan cobardemente sobre nosotros. A nuestro lado otros esperan el comienzo de su fin. Uno arrancando sus cabellos, otro mordiéndose las manos, y otro, rezando de rodillas. Inutilidad. Porque yo en últimas, solo despliego mis brazos anticipando mi final.

Un segundo antes escuchaba el frote de las bayetillas sobre las armas; dos segundos antes, percibía el olor de la pólvora inoculada a través de las ánimas de los tubos de las carabinas; tres segundos antes, venía a mi memoria un hecho singular: el momento en que salía de mi casa para protestar por la ocupación francesa, y exigir el retorno de nuestro rey.

Ya han muerto muchos españoles. El General Murat, un francés metódico e inclemente, ha ordenado algunos otros muchos fusilamientos. Los españoles se enardecen a cada segundo. Nuestra libertad se encuentra lejana.

Mientras esta primera bala transita el primer tercio de su recorrido, recuerdo la tristeza del rostro de mi esposa. Su gesto transmigra a mi rostro. Su alma se encuentra cercana a la mía. Talvez ya se encuentre muerta. Esta brizna de luz desde el farol, aquella que se reinicia a cada momento, es la representación mi angustia. Porque ante cada parpadeo mío, aparece un nuevo recuerdo. Es la fuerza del recogimiento de mis pasos que se alterna con mi frecuencia cardiaca acompasada con los destellos acontecidos ante mi mirar. Insatisfacción. A través del velo tendido ante mi segundo pestañeo, aparece la imagen de mi hermana Teresa. Su piel de durazno. Su voz que percibo en este momento, como el cadente paso de un satín sobre mis oídos. Sus ojos almendrados, siempre con una esperanza en su interior. Una esperanza agónica y utópica, prolongada y desfalleciente; una esperanza que siempre tiene un feliz comienzo, pero que ahora, tendrá un inevitable final.

Sin embargo dicho final, no me permite ignorar a nuestros verdugos. Los franceses son seres ávidos de tierra, de nuestras mujeres y de nuestros mundos. Ávidos de imponer sus costumbres y sus pensamientos. Retruécano de nuestro sentir. Ansiosos de la mezcla de su almizcle con el nuestro, demuestran a cada paso de su marcha, ese ímpetu neoliberal que aniquila el mundo. Consignan en cada frenético y soberbio impulso, el veneno de una supuesta grandeza que los ha enloquecido; el mismo veneno que pronto los matará…

Segundo parpadeo. Ahora las balas se encuentran a media distancia. A través de la artificiosa oscuridad que pretendo elucidar en mi interior, el rostro de mi padre se aparece en lo más profundo de mi ensoñación. Una artesanía suya, adorna su presencia. Sustitución de mi madre, que siempre fue una santa. Dolor encarnado en el placer que siempre me procuró. Su figura me inspira respeto, mientras que la del verdugo armado delante suyo, me produce asco. No escucho lo que me dice. Pero deduzco por la serenidad de su aspecto, que me dice que no me preocupe. Que pronto nos veremos. Y yo aquí, entre mi ser y mi estar. Con los brazos levantados, mi boca abierta, y un gesto de horror en mi faz….

…Y yo aquí, desde mi estar y mi ser. Con los ojos puestos en este suceso, y mi alma derruyendo el mundo desde mi buhardilla. Observando todo lo que he narrado y mi figura acudiendo a esta escena. Atisbando frente a esta injusticia, cómo el dolor de cada rostro se alarga hacia una aurora boreal. Al tiempo de acatar los cuerpos tendidos de mis compatriotas, el sórdido vinilo de una apesadumbrada mirada se interpone entre nosotros. Me temo que he empezado a no escuchar nada. Tan solo veo. Primero, las figuras que intervienen en mi percepción. Segundo, las almas que se desprenden de sus cuerpos. Tercero, el destino que tendrán estas almas, ante una muerte injustificada. Y ahora, un sordo silencio se vincula a nuestro cuadro. Concentración de mi ser sobre sí mismo. Recogimiento de mis pasos hacia un nivel más recóndito. Insipiencia de sonidos que me ahoga, que me quema y me lastima. Hace rato que he terminado el dibujo, y continúan sus efectos repitiéndose. Apareciendo ante mis ojos e inoculándose en mi alma.

En las afueras de mi foco visual, veo a Pepe Botella. Se regocija con la escena. Nuestro dolor es su placer. Aunque no logro trasoír su risa. El ademán de su estampa denota el gusto que siente ante tanta brutalidad. Este hombre ruin que se ha autoproclamado José I de España; este mismo enviado de parte de Napoleón Bonaparte y llamado José Bonaparte, es el mismo que ha causado ceguera en mi oír, aunque mis ojos logren escuchar demasiado bien: El pústula Pepe que ya tiene su encargo, gorjea y rodea por todo el vecindario; redime y redice toda su sevicia, contiene y constipa lo que llevan sus tripas…

Tercer parpadeo. La bala se acerca hacia su objetivo. Sin embargo, el olor de la sangre derramada ante el anterior fusilamiento, penetra en mi interior. Aroma dulzón con briznas de pólvora. Bálsamo espeso que nubla mi visión. Inmerso en los efluvios de sudor, sangre y lágrimas de los caídos, veo ahora y de nuevo el rostro de mi esposa. Concepto de comprensión y laboriosidad. Santidad y pasión en un solo ser. Ante tan deificada figura, las esquirlas del perdigón diluyen su imagen, retrazando la ruta de su recorrido con flamígero ímpetu. Los congéneres a mi lado se lamentan, gimen, se retuercen. En cada corazón de mi raza, se siente un resentimiento sin par. Odio empalagado por una razón descorazonada. Desamor a nuestros prójimos, traspasado hacia corazones que aman. En este recorrido, el sonido de una guitarra adereza esta vivencia. En medio de los acordes de su tensa y suave melodía, distingo la armónica y casi que convulsa cadencia de sus arpegios que interpretan una hermosa canción: Mantilla de Feria. Repunta cada dolor. Diapasón desenfrenado en su elocuencia. Melodía pasada y plisada por la sangre. Sonido detenido en el tiempo que corrobora cada instante. Nota traversa.

El final de esta agonía se acerca. A través de todos los tiempos y todos los espacios recorridos en esta escena, se logra respirar lo inevitable. El sonido de un último piquetear de martillo sobre un perdigón se escucha a la distancia. El cortar del aire de cada trozo de metal que enfrenta el espacio, silba ante mis oídos y los ensordecen. El estremecimiento de este fragor, ulcera mi ser. Es la anticipación anímica del dolor físico; es la muerte en estado de involución.

Cuarto parpadeo. Cuando los perdigones se acercan a mi cuerpo, cierro los ojos. Una nubosidad interna invade mi ser. En un tiempo lento escucho los impactos ahogados en cada cuerpo próximo al mío. Percibo un perdigón que con su hogaza impetuosa roza mi mejilla, otro que zumba por mi oreja, otro que se funde entre mi brazo y un último que se estrella frente a mi pecho. Este tiempo congelado se amplifica. Su interregno de dolor físico se extiende al infinito. En la oscuridad eterna de este guiño, encuentro en mi interior una luz. Ningún rostro se asoma en su albor, como tampoco, ningún pensamiento acude a mi mente. Esta luminosa oscuridad se entrefunde. Abro mis ojos, y de nuevo, desde algún otro confín de España, se vuelve a cometer otra injusticia. Otro haz de luz nos ilumina,retratando toda la maldad de los hombres. Robusteciendo toda su miseria y sevicia. De nuevo, la muerte se aproxima una vez más demostrando toda su inclemencia y sevicia.











1 comentarios:

Monica Montaña dijo...

Encuentro en su texto una cadencia que resulta agradable, majestuosamente complementada con un vocabulario tan amplio que merece toda mi admiración porque realmente se ve que la lectura no ha sido un pasatiempo. Atrae mucho el ritmo que maneja, y el conocimiento exacto que tiene de ciertos apartes de la historia. Me parece excelente el recurso de los parpadeos. A veces tiene un tinte poético, lo cual puede que a ciertos no les parezca en narrativa, pero a mi humilde parecer, le agrega algo de pasión a la narración. Aunque debo admitir que en ciertos momentos me gustaría sentir algo de conmoción, que es una de las vértebras de la escena, y en instantes se pierde. Pero en general me gusta mucho y déjeme decirle que se ha ganado todo mi respeto, escribe usted muy bien.